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Picante, picante

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México no permite medias tintas, no admite que nos quedemos indemnes. Es cómo el picante en la lengua, el tequila en la garganta y el sol en los ojos. Cinco días en la tierra de la serpiente emplumada y me ha costado subirme al avión, porque unos deseos intensos me halaban para quedarme explorando una realidad subyugante y compleja. He visto edificios modernos a pocos metros de las ruinas del Templo Mayor; embotellamientos tremendos en las calles, mientras por las aceras algunos caminan con la calma de quien no tiene ninguna prisa por llegar. También he comprobado que la Catrina de calavera sonriente, alterna sin problemas con los tapices de colores vivos en medio del gentío de La Ciudadela. Con su risotada sarcástica, la pamela emplumada y el costillar afuera, me retaba. Alguien me dio a probar una golosina y era intensamente dulce, con azúcar espolvoreada; pero después mordí un tamal y la “patada” del chili en mi paladar me hizo soltar unas lágrimas. México no permite sentimientos tibios, lo amas o lo amas.

Así que rodeada de contrastes empecé mi periplo azteca. De Puebla al DF, encontrando amigos y visitando varias redacciones de periódicos, emisoras de radio y –sobre todo- hablando con muchos, muchos colegas periodistas. He querido saber de primera mano las satisfacciones y los riesgos de ejercer la profesión de informador en esta sociedad y he encontrado una gran cantidad de profesionales preocupados, pero trabajando. Gente que se juega la vida –especialmente al norte del país- por reportar, gente que cree al igual que yo en la necesidad de una prensa libre, responsable y apegada a la realidad. He aprendido de ellos. También me he perdido en el entramado de timbiriches y kioscos del centro de la ciudad y he sentido allí el pulso de la vida. Una vida que ya percibía desde el aire antes de aterrizar, cuando en la madrugada del sábado observé el gran hormiguero que es la Ciudad de México –las muchas ciudades que contiene- en plena ebullición, a pesar de ser tan temprano.

Por momento tuve la impresión de estar viviendo un fragmento de la novela Los detectives Salvajes de Roberto Bolaño. Pero yo no buscaba -como los protagonistas de ese libro- a una poetisa de culto, extraviada en el olvido. Yo en realidad trataba de mirar y de hallar a mi propio país a través de los ojos de los mexicanos. Y lo encontré. Un Isla reinterpretada y múltiple, pero cercana; que levanta pasiones por doquier y que tampoco deja indemne a nadie. Un amigo me preguntó antes de irme ¿Cómo sientes a México? No lo pensé mucho: picante –le respondí- como el picante que provoca una sacudida en todo el cuerpo y saca las lágrimas de placer y tormento. ¿Y Cuba? –insistió- ¿Cómo la sientes?… Cuba, Cuba es agridulce…

Prohibiciones

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¿Qué es diferente? Los olores y la temperatura, pienso en un primer momento. Después llegan los ruidos que son tan peculiares en cada lugar, la grisura del cielo en el invierno o el tono oscuro de las aguas de un río que atraviesa parte de Europa. ¿Qué es realmente lo nuevo? Me sigo cuestionando mientras pruebo un sabor aquí o estrecho por primera vez unas manos acá. La música quizás, el sonido del tranvía frenando en la parada, la nieve que se amontona a los lados de la acera, las flores de primavera que luchan por salir aunque les espera quizás la peor de las heladas. ¿Dónde radica lo extraño? En las campanadas de las Iglesias que en cada hora en punto parecen competir, o en ciertas casas que de tan antiguas hacen verse como de corta edad a las construcciones de La Habana vieja.

Pero ni en la profusión de autos modernos, ni en la señal wifi que permite conectarse a Internet casi por todos lados, radica la verdadera novedad para mí. Tampoco en los kioscos llenos de periódicos, en los estantes repletos de ofertas de las tiendas o en el perro que en medio del pasillo del metro es tratado como dueño y señor de la situación. Lo raro no es la amabilidad de los dependientes, la casi ausencia de colas, las gárgolas de garras y dientes afilados que sobresalen de las fachadas o el vino que humea y que se toma más para calentar el cuerpo que para disfrute del paladar. Ninguna de esas sensaciones de estreno o casi olvidadas por una década sin viajar, son las que marcan la diferencia entre la Isla que ahora veo en la distancia y los países que visito en esta ocasión.

El contraste principal radica en lo que está o no permitido. Desde que bajé del primer avión estoy esperando que me regañen, que alguien salga y me advierta “eso no se puede hacer”. Busco con la mirada al custodio que vendrá a decirme “no está permitido hacer fotos”, al policía de rostro sombrío que me gritará “ciudadana, identificación”, al funcionario que cortará mi paso por algún pasillo mientras sentencia “aquí no es posible entrar”. Pero, no acabo de toparme con ninguno de estos personajes tan comunes en Cuba. De manera que para mí la gran diferencia no son los deliciosos panes con semilla, la perdida carne de res que ahora regresa a mi plato o el sonido de otra lengua en mis oídos. No. La gran diferencia es que no siento permanentemente sobre mí la señal roja de lo proscrito, el silbato que me sorprende en algo clandestino, la constante sensación de que cualquier cosa que haga o piense podría estar prohibida.

El Dos

Ring, ring, ring…. las llamadas internacionales siempre demoran una eternidad en abrirse paso hacia un teléfono en Cuba. Como si tuvieran que atravesar una atmósfera espesa, densa. Finalmente una voz responde al otro lado de la línea. Es un amigo al que intento preguntarle qué opina del recién conformado Consejo de Estado y del nombramiento de Miguel Díaz-Canel como primer vicepresidente. ¿Qué? es todo lo que contesta en un primer momento. Entonces le explico que este domingo estuve siguiendo la conformación de la Asamblea Nacional y que me gustaría completar la información con algunas impresiones dentro de la Isla. Mi amigo bosteza, me confirma que no miró la televisión ayer y que nadie le ha comentado nada. Y caigo en cuenta que sufro del mal de la hiper información mezclado con cierta distorsión que produce la distancia de Cuba. Había olvidado cuán indiferentes se muestran muchos de mis compatriotas ante ciertos asuntos, que de tan predecibles ya no generan ni expectativas.

La designación del segundo hombre en la nomenclatura cubana, ha sido probablemente más comentada y discutida fuera de la Isla que en el interior de esta. En parte porque desde hacia meses los medios nacionales ya sugerían –con su constante alusión a este ingeniero de 52 años- que él podría convertirse en el sucesor de Raúl Castro. De manera que a pocos ha sorprendido que el otrora ministro de Educación Superior se haya convertido desde ayer domingo en el “delfín” del régimen cubano. El reloj biológico ha puesto en una encrucijada a los octogenarios que gobiernan la mayor de las Antillas: o heredan ahora, o pierden para siempre, parecen dictar las manecillas de la historia. Así que ha optado por una figura más joven para dejarla en la línea sucesoria. Han basado su elección en que confían en la fidelidad y manejabilidad de Díaz-Canel, atrapado entre el compromiso con sus superiores y la convicción de su escaso poder real.

La historia muestra que uno es el comportamiento de estos delfines mientras son observados por sus jefes y otro bien distinto cuando estos ya no están. Sólo entonces descubriremos quién es realmente el hombre que ayer pasó a ser el número dos de Cuba. No obstante, tengo la ilusión que no será en ese Consejo de Estado, ni en esa silla presidencial que se decidirá el destino de nuestro país. Tengo la ilusión de que la era de los monarcas de verdeolivo, sus herederos y su séquito está terminando.

El viejo acto de repudio

Quizás ustedes no lo saben –porque no todo se cuenta en un blog- pero el primer acto de repudio que vi en mi vida fue cuando sólo tenía cinco años. El revuelo en el solar llamó la atención de las dos niñas que éramos mi hermana y yo. Nos asomamos a la reja del estrecho pasillo para mirar hacia el piso de abajo. La gente gritaba y levantaba el puño alrededor de la puerta de una vecina. Con tan poca edad no tenía la menor idea de qué pasaba. Es más, ahora cuando rememoro lo ocurrido apenas tengo el recuerdo del frío de la baranda entre mis dedos y un destello muy breve de los que vociferaban. Años después pude armar aquel calidoscopio de evocaciones infantiles y supe que había sido testigo de la violencia desatada contra quienes querían emigrar por el puerto del Mariel.

Pues bien, desde aquel entonces he vivido de cerca varios actos de repudio. Ya sea como víctima, observadora o periodista… nunca –vale la pena aclararlo- como victimaria. Recuerdo uno especialmente violento que experimenté junto a las Damas de Blanco, donde las hordas de la intolerancia nos escupieron, empujaron y hasta halaron los pelos. Pero lo de anoche, fue inédito para mi. El piquete de extremistas que impidió la proyección del filme de Dado Galvao en Feria de Santana, era algo más que una suma de adeptos incondicionales al gobierno cubano. Todos tenían, por ejemplo, el mismo documento -impreso en colores- con una sarta de mentiras sobre mi persona, tan maniqueas como fáciles de rebatir en una simple conversación. Repetían un guión idéntico y manido, sin tener la menor intención de escuchar la réplica que yo pudiera darles. Gritaban, interrumpían, en un momento se pusieron violentos y de vez en cuando lanzaban un coro de consignas de esas que ya no se dicen ni en Cuba.

Sin embargo, con la ayuda del Senador Eduardo Suplicy y la calma ante las adversidades que me caracteriza, logramos comenzar a hablar. Resumen: sólo sabían chillar y repetir las mismas frases, como autómatas programados. ¡Así que la reunión fue de lo más interesante! Ellos tenían las venas del cuello hinchadas, yo esbozaba una sonrisa. Ellos me hacían ataques personales, yo llevaba la discusión al plano de Cuba que siempre será más importante que esta humilde servidora. Ellos querían lincharme, yo conversar. Ellos respondían a órdenes, yo soy un alma libre. Al final de la noche me sentía como después de una batalla contra los demonios del mismo extremismo que atizó los actos de repudio de aquel año ochenta en Cuba. La diferencia es que esta vez yo conocía el mecanismo que fomenta estas actitudes, yo podía ver el largo brazo que los mueve desde la Plaza de la Revolución en La Habana.

Brasil… ¡ay! Brasil

Llevar una bitácora de viaje es tan difícil como tratar de estudiar para un examen de matemáticas en el interior de una discoteca. Atenta a la nueva realidad que se muestra ante mis ojos desde que salí de Cuba, me he visto ante la disyuntiva de si vivir o narrar lo que me ocurre, actuar como protagonista de este itinerario o como periodista que lo cubre. Ambas ópticas son difíciles de llevar a la par, dada la velocidad y la intensidad de cada suceso, por lo que trataré de ir poniendo por escrito algunas impresiones. Hilachas de lo que me sucede, fragmentos a veces caóticos de lo que experimento.

La primera sorpresa en el programa fue en el aeropuerto José Martí de La Habana, cuando después de atravesar la taquilla de emigración varios pasajeros comenzaron a acercarse y a darme sus muestras de solidaridad. El afecto fue creciendo en la medida que el trayecto avanzaba y en Panamá encontré a unos venezolanos también muy cariñosos… aunque me pidieron de favor que no subiera la foto con ellos a Facebook… para no tener problemas en su país. Después de esa escala, vino el vuelo más largo hacia Brasil, con una sensación mental y física de descomprensión. Como si hubiera estado sumergida demasiado tiempo sin poder respirar y lograra tomar ahora una bocanada de aire.

El aeropuerto de Recife un lugar para el abrazo. Allí encontré a muchas personas que durante años me han apoyado en mi empeño de viajar fuera de las fronteras nacionales. Hubo flores, regalos y hasta un grupo de gente insultándome que me gustó mucho –lo confieso- porque me permitió decir que yo soñaba con que “algún día en mi país la gente se pudiera expresar públicamente así en contra de algo, sin represalias”. Un verdadero regalo de pluralidad, para mí que llego de una Isla a la que han intentado pintar con el monocromático color de la unanimidad. Más tarde me asomé también a una Internet tan rápida que casi no comprendo, sin páginas censuradas ni funcionarios mirando por el hombro la página que visito.

Así que hasta ahora todo va muy bien. Brasil me ha dado el regalo de la diversidad y del cariño, la posibilidad de apreciar y narrar tantos asombros.

Operación Verdad

Hace años quería hacerle ciertas preguntas a Eliécer Ávila. Desde que lo escuché por primera vez hablar y presentarse en aquel enero de 2008, estuve tentada de indagar sobre qué significaba realmente ser un miembro de la Operación Verdad, cuál papel jugaba un soldado de la web. Pero el tiempo pasó, los sucesos se amontonaron, las dificultades se sucedieron y sólo en agosto del año pasado pudimos tener una conversación acerca del tema. Lo que me contó superó mis expectativas y confirmó mis temores de que la batalla ideológica se ha trasladado en parte al ciberespacio. Así que todas aquellas teorías de trolls formados en los laboratorios de la Seguridad del Estado, hackers de verdeolivo y blogs creados con el único propósito de distraer la atención, quedaron corroboradas con esta entrevista.

Pegados al teclado y a la pantalla, con un guión preestablecido, nuestros policías de los kilobytes dejan un rastro fácil de detectar. Su estrategia principal no es rebatir argumentos ni contraponer ideas, sino denigrar e intentar desprestigiar al ciudadano que emite una crítica al sistema. En “matar al mensajero”, se resume la premisa de aquellos que se enfocan no en lo dicho sino en quién lo dice. Cada palabra que me ha contado Eliécer encaja de una manera significativa en parte de lo que me ha ocurrido en estos últimos seis años, desde que abrí Generación Y. A veces pensé que eran delirios paranoides de mi mente –lo confieso- pero ahora ya no tengo dudas: las autoridades cubanas se están gastando miles de horas en internet al año y recursos inimaginables para contrarrestar a unos pacíficos ciudadanos que sólo decimos nuestra opinión.

Probablemente estas líneas sean leídas por las nuevas milicias de la Operación Verdad, así que quiero aprovechar para enviarles el siguiente mensaje “sé que están ahí, es más, ya no pueden esconder que están ahí. El trabajo que realizan es también una labor represiva, una forma de coartar la libertad de los cubanos. En lugar de silenciar a los otros, deberían defender sus ideas con gallardía y no encubiertos detrás de seudónimos y aprovechándose de la superioridad tecnológica. Si realmente creen en lo que promulgan no deberían tener que apelar a métodos tan deleznables para hacerlo valer. No apabullen, convenzan. No traten de anular la diferencia, aprendan –más bien- a vivir con ella”.

p.d: Me disculpo por las fallas de sonido que tiene la entrevista, obedecen en buena medida a la precariedad tecnológica que padecemos. De manera que agradezco de antemano cualquier ayuda que puedan brindarme para “limpiar” el audio o colocar subtítulos.

¿Se puede despertar?

A veces, cuando estoy inquieta sueño que me mudo, que cambio repetidas veces de casa sin poder llegar a disfrutar de ninguna. En esa pesadilla recurrente, mi vida se desarma y las fotos de la infancia se pierden en algún camión de mudanzas. Pero eso sólo me ocurre en las noches de mediana ansiedad. Esta semana ha sido diferente. Las madrugadas se me van andando por un camino larguísimo y oscuro. Pongo la cabeza en la almohada y regreso a ese sendero rodeado de hierbas altas con el sonido de las cigarras que me taladran el oído. No voy sola, a mi lado me acompañan rostros conocidos: mis amigos de risas y calabozos, de abrazos y sobresaltos. Conversamos y las frases se quedan a la mitad porque ellos desaparecen en la maleza, se van… se los llevan. Cada noche nada más cerrar los ojos la espesura vuelve a tragarse a los míos.

Me levanto en la mañana y me digo: “ya todo terminó, ha sido sólo un sueño”. Pero después de un rato suena el teléfono y alguien me cuenta que Antonio Rodiles sigue detenido, acusado de resistirse a un arresto tan arbitrario como injusto. Voy hacia el baño aún con los párpados a medio abrir y caigo en cuenta que hace apenas unas horas Ángel Santiesteban ha sido liberado después de que lo metieran a golpes en un auto policial. El café mañanero borbotea en la hornilla y reviso mi móvil, repleto de denuncias sobre atropellos a las Damas de Blanco en varias zonas del país. Todavía la luz tiene el tono rojo del amanecer y ya presiento que el largo camino desandado en los sueños se prolonga en la realidad.

No es la maleza, sino la intolerancia; no es el canto de las cigarras sino los gritos de los autoritarios; no es la noche sino la falta de libertades. Para cuando llega el mediodía ya he comprobado que no puedo escapar de ellos, que no funcionan los pellizcos en los antebrazos, ni siquiera hundir la cabeza en agua fría. Es un hecho que esos amigos “abducidos” son una realidad concreta, tangible, no un desvarío nocturno. La tarde avanza y comprendo que mi pesadilla está por todos lados y termino regresando al trillo cercado por altas hierbas. Pero por esta vez sólo quedo yo, hablándome a mi misma para que la oscuridad no me asuste del todo. Alguien –que no veo- me agarra y me mete de lleno en la maleza. Faltan tres horas para que el reloj suene y me despierte.